noviembre 21, 2009

Como para que no me llames triste.

Estábamos en nuestro bar habitual
haciendo como que maquetábamos la revista.
Detrás de ti
había un tipo gris, triste. Cenando
solo. Lo miré un instante.

Se nos acercó una mujer:
¿Tienes 10 céntimos?
es que no me alcanza para una litrona...
Se los di. Miré las arrugas de sus manos.
Luego sus ojos vacíos de ilusión.

Empezamos a escribir el editorial.

Las bombas en Afganistán
suenan demasiado lejos
como para que a Obama le quiten el sueño.

No sé si el frío que me entró
era porque lo hacía esa noche o
por la tristeza que me provocó pensar
que no puediésemos
cambiar el mundo.